Carta de Amor enviado por blacklyon hace 2 meses
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Narrador: En un viejo cementerio, a las tres de la mañana, un vetusto cadáver que era más bien más hueso que ropa, desmorona la tierra, y con ímpetu hace una anábasis digna de un muerto viviente.
El clima es frívolo, los árboles circundan-tes se encuentran desnudos, ancianos, muertos como los difuntos encerrados en los románticos féretros de caoba. Una neblina sutil acaricia el suelo infértil, blancuzca como telaraña innecesaria pero decorativa.
(Ruido del viento moviendo las ramas secas)
Muerto: (bostezo) ¡Que sueño tan largo! Que hermosa luna, siempre tan brillante, el sol de mis noches, acompañante nocturna, el eterno espejo de los apasionados. Titánide alegórica de los por siempre enamorados.
Ya es hora, necesito ingerir mi bebida cálida, mi recompensa ínfima por no poder trascender. Al menos puedo disfrutar algo, en este inerte lugar. Permutaré litros de café a cambio de toda la tierra que he ingerido durante estos años.
Narrador: El muerto sacude su cuerpo con vigor para librarse del polvo que lo adorna, introduce una falange en un orificio de su cráneo y retira con delicadeza a un pequeño ratón que tenía su hogar en ese rincón hueco y abandonado.
Muerto: Dejé dicho a mi mujer, que cuando yo muriera, dejara muchas latas de café, que es lo cosa banal más apacible para mis ya inexistentes nervios. Ojalá lo haya hecho.
Narrador: Con ansiedad, el difunto comienza a escarbar con sus manos sin piel, escudriñando piedra por piedra, hasta topar, con una caja de aspecto metálico.
(Golpes a la caja)
Muerto: ¡Esta es! Ja, hasta tiene una nota, (Amor mío, espero que durante tu estancia en la tierra de los muertos, no te haga falta café, se nota que lo amaste más que a mí, pero bueno, los años me hicieron odiarte tanto, que por lástima te dejo lo único que puedes llevarte de mí, que bueno que ya te moriste, ahora me voy a casar con tu mejor amigo, él sí sabe complacer a una mujer, besos. Sigue así de tranquilo, sigue pudriéndote Te amo.) Bueno, de todos modos nuca la amé, siempre me desagradaron sus besos insípidos, aun que, ahora que estoy muerto, me parecerían muy convenientes.
Narrador: Animada mente el muerto camina de forma curiosa entre las piedras y el camino sinuoso de su hogar. Abre con delicadeza la caja, y ve en su interior cubierto con terciopelo los utensilios necesarios para elaborar café.
Muerto: Ja, No cabe duda, que la mujer conocía muy bien mis parafilias.
Narrador: Con pericia, el muerto comienza a preparar su bebida, arranca unas ramas de los árboles cercanos, y enciende una fogata para calentar la substancia. Al paso de unos minutos, el café se encuentra burbujean-te y listo para consumirse.
El muerto toma el café entre sus extremidad-es y se dirige a sentarse cómodamente sobre su lápida. De piernas cruzadas y con actitud y postura inglesa, comienza a filosofar con el primer sorbo de su anhelado vicio. Mirando una lápida al lado de él comienza su soliloquio...
Muerto: Madame, sea Usted bienvenida, disculpe que no tenga un cómodo asiento para ofrecerle, pero, desde ese lugar me parece factible iniciar nuestra conversación.
Ahora que tengo todo el tiempo del mundo para pensar, es lo que menos quiero hacer, quisiera poder saborear lo que ingiero en estos instantes, correr, ver a mis familiares incluso trabajar. Tanta tranquilidad me desespera, quien dice que no existe algo peor que la muerte, es un vivo sano. ¿Escuchó bien? Un vivo sano, jajaja.
Pero que modales los míos, veo que no le ocasionó gracia, tal vez aún tiene familiares vivos ¿verdad Madame? sin embargo es la flagrante realidad. Por otro lado, estaba aquí descansando, como siempre, y comencé a leer mi epitafio, dice lo siguiente:
"Aquí yace el recuerdo de nuestro amor,
frío, solo y lleno de gusanos.
Pedazo de carne fétida que algún día,
latió por tu sonrisa.
Aquí yace por la eternidad,
en el umbral de la soledad,
el corazón del poeta
que inmoló su vida por tu felicidad."
Linda inscripción ¿verdad? No obstante, no me complace del todo, parece agradar le al público, pero, ¿Son las últimas palabras de un muerto? Para mí, las últimas palabras, son las que se murmuran en la agonía, las que se dijeron entre dientes antes del último suspiro, las palabras que solo el mismo agonizante sabe el significado.
¿Qué es el amor?
Un simple concepto que alude a las emociones que nuestro cerebro puede crear gracias a químicos, a feromonas, a glándulas y a hormonas, ó, una intangible pero paradójica-mente sensitiva respuesta del alma para compensar el gusto personal por algo agradable en todos los aspectos... Ambos ¿puede ser?
Desde Sócrates se considera con mayor intensidad este tema con pluralidad de sentimientos vehementemente adheridos a la esencia del amor. Yo recuerdo en los diálogos de Platón, que mencionaba el dogmático Sócrates en un simposio a Eros la ambivalencia del amor, es decir, el amor puede ser un menesteroso y al mismo tiempo opulencia que puede cotejar se con la mayor abundancía del universo.
Usted Madame, ¿Qué piensa?
Narrador: El muerto mira fijamente a la tumba de la Madame Rachel, como si fuera realmente a responder sus retóricas alocuciones.
Muerto: Efectiva-mente, aun que su respuesta fue muy contestataria en el preludio, al desarrollarse su dictamen, concuerdo con usted.
El amor puede ser inmenso, hermoso, sensorial, apasionado, ser lo más suntuoso del alma pero al mismo tiempo, puede estar lleno de inseguridad-es, de miedos, de egoísmo, de dogmatismo...
¿Que se necesita para el amor puro?
Tener un alma pura no significa amar puramente, ¿acaso un bellaco puede amar y no amar puramente? No por ser ruin significa que no pueda ser invadido por las flechas de Eros. Si un humano es capaz de sentir dolor, por consiguiente puede sentir amor, sin importar la situación ética, moral y/o emocional en la que se encuentre, empero, si el individuo es un menesteroso de razón, un ataráxico, o un difunto ¿Puede amar? Apriorísticamente podemos inquirir en el menesteroso y el ataráxico, a lo mejor su realidad hace que perciban el amor de una manera distinta, pero, al fin y al cabo es su realidad, su forma de sentir y por lo tanto, tal vez de amar. Y el muerto... ¿Puede amar?
Narrador: El muerto deja unos minutos de hablar mientras da unos sorbos a su ya casi finalizado café. Organizando su tópica, para continuar el soliloquio.
Muerto: ¿Que hago yo aquí? puedo amar las palabras, puedo amar la soledad, estoy muerto, pero quién pueda pensar que un muerto ame, es un ser meramente ontológico. Yo puedo mostrarme petulante ante la situación de mis vecinos, pero mágica-mente estoy aquí, quise despertar del sueño eterno, de la incomodidad de la muerte y quise volver a caminar.
Volviendo a la pregunta sobre el amor puro, en lo personal, no puede existir algo por decirlo así, que pueda ser completa-mente puro, completa-mente perfecto, puesto que algo completa-mente perfecto, sería imperfecto por la misma razón. Tanta perfección lleva a la locura, a las reglas estrictas, a las normas con las que un humano no puede competir. Las cosas perfectas duran para siempre, y lo que es para siempre entonces no es razonable, por consiguiente, si carece de razón y de un fin final no es perfecto en su totalidad.
En compendio Madame, el amor necesita ser así de ecléctico para poder considerar-se amor, el amor puro es una utopía que muchos relacionan únicamente entre una deidad y sus creaciones. El amor verdadero (humano) es aquel que nos hace sentir todas las emociones existentes, es un catalizador para exacerbar todas las emociones conocidas, y por supuesto, experimentar el plano de realidad con mayor intensidad.
El clima es frívolo, los árboles circundan-tes se encuentran desnudos, ancianos, muertos como los difuntos encerrados en los románticos féretros de caoba. Una neblina sutil acaricia el suelo infértil, blancuzca como telaraña innecesaria pero decorativa.
(Ruido del viento moviendo las ramas secas)
Muerto: (bostezo) ¡Que sueño tan largo! Que hermosa luna, siempre tan brillante, el sol de mis noches, acompañante nocturna, el eterno espejo de los apasionados. Titánide alegórica de los por siempre enamorados.
Ya es hora, necesito ingerir mi bebida cálida, mi recompensa ínfima por no poder trascender. Al menos puedo disfrutar algo, en este inerte lugar. Permutaré litros de café a cambio de toda la tierra que he ingerido durante estos años.
Narrador: El muerto sacude su cuerpo con vigor para librarse del polvo que lo adorna, introduce una falange en un orificio de su cráneo y retira con delicadeza a un pequeño ratón que tenía su hogar en ese rincón hueco y abandonado.
Muerto: Dejé dicho a mi mujer, que cuando yo muriera, dejara muchas latas de café, que es lo cosa banal más apacible para mis ya inexistentes nervios. Ojalá lo haya hecho.
Narrador: Con ansiedad, el difunto comienza a escarbar con sus manos sin piel, escudriñando piedra por piedra, hasta topar, con una caja de aspecto metálico.
(Golpes a la caja)
Muerto: ¡Esta es! Ja, hasta tiene una nota, (Amor mío, espero que durante tu estancia en la tierra de los muertos, no te haga falta café, se nota que lo amaste más que a mí, pero bueno, los años me hicieron odiarte tanto, que por lástima te dejo lo único que puedes llevarte de mí, que bueno que ya te moriste, ahora me voy a casar con tu mejor amigo, él sí sabe complacer a una mujer, besos. Sigue así de tranquilo, sigue pudriéndote Te amo.) Bueno, de todos modos nuca la amé, siempre me desagradaron sus besos insípidos, aun que, ahora que estoy muerto, me parecerían muy convenientes.
Narrador: Animada mente el muerto camina de forma curiosa entre las piedras y el camino sinuoso de su hogar. Abre con delicadeza la caja, y ve en su interior cubierto con terciopelo los utensilios necesarios para elaborar café.
Muerto: Ja, No cabe duda, que la mujer conocía muy bien mis parafilias.
Narrador: Con pericia, el muerto comienza a preparar su bebida, arranca unas ramas de los árboles cercanos, y enciende una fogata para calentar la substancia. Al paso de unos minutos, el café se encuentra burbujean-te y listo para consumirse.
El muerto toma el café entre sus extremidad-es y se dirige a sentarse cómodamente sobre su lápida. De piernas cruzadas y con actitud y postura inglesa, comienza a filosofar con el primer sorbo de su anhelado vicio. Mirando una lápida al lado de él comienza su soliloquio...
Muerto: Madame, sea Usted bienvenida, disculpe que no tenga un cómodo asiento para ofrecerle, pero, desde ese lugar me parece factible iniciar nuestra conversación.
Ahora que tengo todo el tiempo del mundo para pensar, es lo que menos quiero hacer, quisiera poder saborear lo que ingiero en estos instantes, correr, ver a mis familiares incluso trabajar. Tanta tranquilidad me desespera, quien dice que no existe algo peor que la muerte, es un vivo sano. ¿Escuchó bien? Un vivo sano, jajaja.
Pero que modales los míos, veo que no le ocasionó gracia, tal vez aún tiene familiares vivos ¿verdad Madame? sin embargo es la flagrante realidad. Por otro lado, estaba aquí descansando, como siempre, y comencé a leer mi epitafio, dice lo siguiente:
"Aquí yace el recuerdo de nuestro amor,
frío, solo y lleno de gusanos.
Pedazo de carne fétida que algún día,
latió por tu sonrisa.
Aquí yace por la eternidad,
en el umbral de la soledad,
el corazón del poeta
que inmoló su vida por tu felicidad."
Linda inscripción ¿verdad? No obstante, no me complace del todo, parece agradar le al público, pero, ¿Son las últimas palabras de un muerto? Para mí, las últimas palabras, son las que se murmuran en la agonía, las que se dijeron entre dientes antes del último suspiro, las palabras que solo el mismo agonizante sabe el significado.
¿Qué es el amor?
Un simple concepto que alude a las emociones que nuestro cerebro puede crear gracias a químicos, a feromonas, a glándulas y a hormonas, ó, una intangible pero paradójica-mente sensitiva respuesta del alma para compensar el gusto personal por algo agradable en todos los aspectos... Ambos ¿puede ser?
Desde Sócrates se considera con mayor intensidad este tema con pluralidad de sentimientos vehementemente adheridos a la esencia del amor. Yo recuerdo en los diálogos de Platón, que mencionaba el dogmático Sócrates en un simposio a Eros la ambivalencia del amor, es decir, el amor puede ser un menesteroso y al mismo tiempo opulencia que puede cotejar se con la mayor abundancía del universo.
Usted Madame, ¿Qué piensa?
Narrador: El muerto mira fijamente a la tumba de la Madame Rachel, como si fuera realmente a responder sus retóricas alocuciones.
Muerto: Efectiva-mente, aun que su respuesta fue muy contestataria en el preludio, al desarrollarse su dictamen, concuerdo con usted.
El amor puede ser inmenso, hermoso, sensorial, apasionado, ser lo más suntuoso del alma pero al mismo tiempo, puede estar lleno de inseguridad-es, de miedos, de egoísmo, de dogmatismo...
¿Que se necesita para el amor puro?
Tener un alma pura no significa amar puramente, ¿acaso un bellaco puede amar y no amar puramente? No por ser ruin significa que no pueda ser invadido por las flechas de Eros. Si un humano es capaz de sentir dolor, por consiguiente puede sentir amor, sin importar la situación ética, moral y/o emocional en la que se encuentre, empero, si el individuo es un menesteroso de razón, un ataráxico, o un difunto ¿Puede amar? Apriorísticamente podemos inquirir en el menesteroso y el ataráxico, a lo mejor su realidad hace que perciban el amor de una manera distinta, pero, al fin y al cabo es su realidad, su forma de sentir y por lo tanto, tal vez de amar. Y el muerto... ¿Puede amar?
Narrador: El muerto deja unos minutos de hablar mientras da unos sorbos a su ya casi finalizado café. Organizando su tópica, para continuar el soliloquio.
Muerto: ¿Que hago yo aquí? puedo amar las palabras, puedo amar la soledad, estoy muerto, pero quién pueda pensar que un muerto ame, es un ser meramente ontológico. Yo puedo mostrarme petulante ante la situación de mis vecinos, pero mágica-mente estoy aquí, quise despertar del sueño eterno, de la incomodidad de la muerte y quise volver a caminar.
Volviendo a la pregunta sobre el amor puro, en lo personal, no puede existir algo por decirlo así, que pueda ser completa-mente puro, completa-mente perfecto, puesto que algo completa-mente perfecto, sería imperfecto por la misma razón. Tanta perfección lleva a la locura, a las reglas estrictas, a las normas con las que un humano no puede competir. Las cosas perfectas duran para siempre, y lo que es para siempre entonces no es razonable, por consiguiente, si carece de razón y de un fin final no es perfecto en su totalidad.
En compendio Madame, el amor necesita ser así de ecléctico para poder considerar-se amor, el amor puro es una utopía que muchos relacionan únicamente entre una deidad y sus creaciones. El amor verdadero (humano) es aquel que nos hace sentir todas las emociones existentes, es un catalizador para exacerbar todas las emociones conocidas, y por supuesto, experimentar el plano de realidad con mayor intensidad.


